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Todos fuimos Hugo Sánchez (II)





Seño Malu platica que el sábado son los quince años de su hija, lo platica haciendo tortillas a mano, lo platica para los dos, para don Carmelo y para mí, nos dice que estamos invitados, gracias seño Malu, gracias seño Malu, y llega Joaquincito con lentes negros para pintar una sirena en la pared del fondo y también está invitado a los quince años y Joaquincito pregunta que si puede llevar unos amigos a la fiesta y Don Carmelo bufa y seño Malu dice que no importa y yo me río, porque los amigos de Joaquincito encontrarán que el ambiente kitsch sigue permeando las tradiciones ceremoniales de nuestra cultura popular o algo así dirán mientras todos en el salón bailamos al compás del Venado y brindamos con los desconocidos que acabamos de conocer e intentamos meter mano a la suegra del hermano del novio de la quinceañera, y ahí estaremos seño Malu, borrachos y contentos de que su hija haya llegado al fin a la edad de las madres solteras sin, por supuesto, ella serlo. A seño Malu se le nota lo contenta que la hace la fiesta de su hija. ¿Usted va a cocinar, seño Malu? Claro, pozole.

Pozole el que me comí anoche, dice Joaquincito sacando una hoja de una de las bolsas traseras del pantalón, desarrugando su boceto y mostrándoselo a Don Carmelo para que éste bufe otra vez y yo le pueda ver que nomás no le gusta lo que sus ojos ven y no puedo decir qué ven los de Joaquincito, porque con lentes negros nunca se sabe, pero él sonríe, le hace marcas con un lápiz al boceto por aquí y por allá, y le dice a su papá que los colores son los indicados para aprovechar al máximo la luz natural que se filtra a La Curvita y así lograr un efecto claroscuro perfecto en los meses en que el sol cae perpendicular sobre la ventana del fondo, y Don Carmelo, mazatleco de cepa, nomás no agarra la onda, no sabe dónde está la sirena que pidió, no la encuentra, dice ¿dónde está?, y yo me asomo para ver si puedo decirle por dónde se vaya, darle pistas, pero me asomo y yo tampoco encuentro la sirena, digo ¿dónde anda?, las sirenas no andan, dice Joaquincito que se basó en el mito de Ulises y que él no pinta sirenitas disneylandizadas, que no forma parte de las jóvenes promesas de la cultura nacional para ponerse a pintar tatuajes de marineros trasnochados en las paredes de cualquier lonchería, y eso sí que no, dice don Carmelo, que por más lonchería que sea le da de comer al marihuano de Joaquincito, y los marihuanos, es bien sabido, comen como cosacos, y que si no pinta una sirena con todas las de la ley nomás no pinta nada y que mejor vaya buscando trabajo porque se le está acabando su tiempo de gracia dentro de la casa, dice Don Carmelo, y Joaquincito repara, se pone serio, agacha la cabeza y explica que lo que él quiere pintar es el canto de las sirenas, pintar lo que siente un ser mitológico a la hora de poner en práctica toda su magia y no nomás dibujar una vieja con cola de pescado, tetona y sonrientota, que le diera chance de expresarse y seño Malu se asoma para ver el boceto y pregunta: ¿no iba a ser una sirena?

Entonces llega Joaquincito para pintar una sirena en la pared del fondo y le pregunto que si no trae pastillas rosas que vender, y sí, sí trae, dame cinco, toma cien y me cuenta que ayer estuvo con una gorda que conoció en la presentación de un libro y terminaron en el cuarto de la casa de ella y que lo mejor de todo es que nunca más la volverá a ver, porque imagínate, dice Joaquincito que me lo imagine con una más gorda que su madre, y pienso en la madre de Joaquincito que está hecha una puerca y me lo imagino y él dice ¡imagínate! y seño Malu dice que estamos invitados, gracias seño Malu, y Don Carmelo pregunta ¿dónde está?, y Joaquincito dice qué pozole el que se comió anoche.

Así que pinta una sirena o no pinta nada. Yo ya no le sigo porque llega gente, se sientan, leen la carta, los precios, piden, anoto, dejo la nota blanca junto a la caja registradora, a la vista de don Carmelo, pego la nota rosa en la barra de guisados, a la vista de seño Malu, recibo lo que pido, doy lo que ordenaron, espero a que pidan más o pidan la nota blanca, los palillos y ahí voy con pantalones verde perico y playera mango manila, esperando que Don Carmelo ponga monedas chicas, de las que hacen bulto, de las que estorban o dan pena a la hora de caminar por cualquier lado y mejor se las dejamos al chavo, al mesero, a sus órdenes.

Así son los días (menos los miércoles) todos los días; así son los días para que luego vengan con eso de “sorpresas da la vida” y ni pasa nada, ni cambia nada y todos los días lo mismo. Porque a veces, cuando la llave cuadrada hace así: cric-cric-crac, me voy a la cantina de Charly y pido una cerveza, me siento y bebo mi cerveza, y le platico a Charly que los días nomás no cambian, que vengo del trabajo y nomás no sucede algo interesante, y dice Charly que si no hay nada interesante que contar a él no le importa, que está viendo un partido de futbol y que lo demás se puede ir al carajo; esas son cosas que se agradecen, que existan personas así, como Charly, a las que les da lo mismo si eres o no eres, si trabajas o te aburres, si te aburres en el trabajo, si penetras o te penetran, si eres feliz o desgraciado, porque desde su trinchera espirituosa Charly ve al mundo pasar del llanto a la carcajada y viceversa en cuestión de tres vasos y un plato de cacahuates rancios; Charly sabe que no hay nadie que pueda hacer algo por alguien, que todos van a parar al mismo hoyo, más lento o más rápido, que todos somos sordos gritones y lo que sufre uno es lo que al otro hace sonreír. Así que también con Charly no pasa nada, lo mismo de siempre, una cerveza y ya, eso es todo.

Me explico: todo está bien así, no me quejo, no me ayudaría en nada que sorpresas me diera la vida, no importa, porque están aquellos que quieren ser sorprendidos constantemente, hasta que la sorpresa se les transforma en rutina y después andan asombrados de lo que dejaron de apreciar por andar de exploradores del interminable espectáculo de lo que sorprende a quienes piensan que hay que buscar algo que haga que no sea la vida tan monótona y acaban con la sorpresa de no encontrar nada. Esos pobres.

Están los tiempos en que todos fuimos jugadores que querían ganar; todos fuimos Hugo Sánchez y goleamos al equipo del futuro y dimos maromas para festejar que había más tiempo que vida, hasta encontrarnos ahora con que en la vida no hay tiempos extras y los penaltis son siempre en contra. ¿A poco uno se va a poner triste por eso?

Por eso no me atribula mi padre con aquello de qué harás con tu vida y pone cómo ejemplo al dentista de mi edad, al dentista que fue mi compañero en la secundaria, el que le arregló las muelas para que dejara de masticar como ratón, el dentista más marihuano que conozco; mi padre, al que sólo veo los miércoles, cuando voy a comer a su casa que antes fue mi casa, que sigue siendo mi casa pero que ya no siento como mi casa, porque mi casa está en otro lado, lo suficientemente retirada de la casa de mi padre a la que voy a comer los miércoles y siempre la sopa de fideos, el agua de limón y la carne asada; escucho a mi padre quejarse de que desde que murió tu madre todo sabe a tierra, y yo me pregunto si mi padre sabrá que las pastillas rosas saben a tierra, que con ellas él podría ponerse a pensar tranquilamente en su tristeza y se daría cuenta de que no hay tristeza que valga la pena de andar penando por lo irremediable; he pensado en pulverizar pastillas y ponérselas en la sopa de fideos o en el agua de limón o como sazonador de carnes y ver cómo mi padre se dice a sí mismo que, a fin de cuentas, la tierra no sabe mal.

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